Ayer se cumplió el primer mes del pontificado del Papa Francisco, inciado solemnemente en una misa celebrada el día de San José, donde recibió los signos de su rol como sucesor de Pedro: el palio (uan especie de pequeña bufanda blanca con cruces rojas, hecha con lana de cordero) y el anillo del pescador.
Resulta inevitable mencionar los signos que marcaron el inicio de su pontificado: la sencillez de su túnica blanca y desprovista de lujos y ostentaciones, la sencilla cruz de plata en lugar de una dorada, su saludo cálido y fraterno al presentarse al pueblo de Roma, etc. Pero más allá de estos gestos, sin duda significativos, ¿Qué se puede decir de Francisco a un mes de pontificado?.
Primeramente, los motivos de su elección. En el caso de Benedicto XVI los cardenales optaron por la continuidad. Era el más cercano colaborador de Juan Pablo II, teólogo probado y no dado a posiciones muy progresistas, litúrgicamente conservador y de avanzada edad. Sin duda, una elección que no provacaría sobresaltos. Pero los provocó. Enfrentó decididamente los escándalos al interior de la Iglesia, inició la reforma de la curia y vivió las intrigas vaticanas con toda la fuerza de que es capaz un grupo de funcionarios acostumbrados a manejar el poder.
Cuando llegó el momento del cónclave los cardenales ya no tenían los mismos criterios. La renuncia del papa les había ofrecido contar con un mes para buscar un nuevo papa y ya en las primeras reuniones se notó que el ánimo era otro. El caso de la filtración de documentos y la negativa a entregar estos antecedentes a los cardenales fue un factor más que inclinó la balanza hacia un papa que diera la sorpresa y que pudiera enferentar la reforma de la curia con decisión y valentía. Eso, sumado a ser principalmente un papa pastor hizo que los votos se inclinaran poderosamente a favor de Francisco.
A un mes ya ha emprendido diversos cambios que han estado en las noticias del mundo y que dan pie a pensar en una nueva era del papado. Cambios simbólicos algunos, pero altamente significativos: la sencillez en los ornamentos, el cambio de la silla del papa por una más sencilla, y sobre todo la forma de tratar a la gente con la que trabaja, como el caso del guardia suizo que lo custodiaba en la noche y a quién ofreció una silla y una comida para que la guardia no fuera tan pesada. Gestos sin duda que recuerdan al otro Francisco, al de Asís, y su forma fraterna de convivir y anunciar el Evangelio.
Los otros cambios han sido más concretos y tan valorados como estos: convocar a un grupo de cardenales como consejeros permanentes en el vaticano, la revisión de la forma de organizarse de la curia vaticana y los esfuerzos por marcar la centralidad de Jesucristo y su Evangelio en la Iglesia, lo que es obvio si se piensa, pero por lo mismo suele olvidarse con demasiada frecuencia.
Se trata, en resumen, de un papa que ha sido elegido para adaptar las instituciones del vaticano a los nuevos tiempos, para hacer que sus congregaciones e instituciones tengan un sabor más evangélico, para renovar la Iglesia desde dentro y volver la confianza a los cristianos en sus pastores. Un papa que deberá buscar un gobierno más colegiado, donde el primado del papa no sea un peso para el protagonismo que deben tener los obispos en la Iglesia, donde la forma de ejercer el poder no sea un impedimento para el profundo deseo de unidad entre las iglesias cristianas.
Ahora hay que esperar su primera carta encíclica, que es siempre una especie de programa de gobierno del papa, donde explica al pueblo cristiano y a toda la humanidad los principales acentos de su pontificado. Mientras tanto, no sólo hay que admirar los gestos del Papa Francisco, sino imitarlos. Muy frecuentemente vemos en nuestras comunidades gestos de prepotencia y ostentación de parte de los que tienen algún tipo de poder, o liturgias donde el sacerdote parece más un soberano que un pastor, o formas de llevar la pastoral no siempre adecuadas a los tiempos que el mundo vive y lo que la Iglesia toda desea vivir en su caminar cotidiano. No basta con el papa que tenemos, sino que también necesitamos una nueva forma de ser Iglesia, una nueva forma de pastoral y de vida eclesial, una nueva forma de presencia en el mundo y de servicio. El vaticano II sigue siendo una luz en el camino y el año de la fe una oportunidad para renovar el pedacito de Iglesia que nos toca, así como Francisco está renovando la parte que tiene a cargo.
Ahora ya tenemos el papa que queríamos, la pregunta es qué haremos con él.
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domingo, 21 de abril de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
La renuncia de Benedicto XVI
Ayer la noticia corrió por todo el mundo: El Papa Benedicto XVI había decidido renunciar a su cargo, debido a que consideraba que no tenía las fuerzas para seguirlo ejerciendo como es debido. Instantáneamente, una ola de comentarios recorrió los noticieros y páginas de internet, no siempre con los elementos necesarios para comprender el significado de este hecho histórico, sino muchas veces movidos más por la espectacularidad que otras cosas. Algunos de mis amigos y conocidos han pedido mi parecer frente a este tema, por lo que paso a aportar con un pequeño comentario.
Lo primero que hay que señalar es el hecho histórico de este renuncia. La historia comienza en 1294 cuando Pietro del Murrone, un monje eremita, fue elegido papa y tomó el nombre de Celestino V. Tras algunos meses se sintió agobiado por el peso del cargo y decidió emitir un decreto que declaraba que el Papa podía renunciar a su cargo. El paso siguiente fue redactar su propia renuncia y volver a su vida de oración y soledad. Luego la historia corre hasta 1415, cuando para resolver el llamado cisma de occidente, que tenía a esas alturas a tres papas disputándose la legitimidad, Gregorio XII decide convocar un concilio y renunciar durante el mismo, para que fuese el concilio quien eligiera a su sucesor. Esta acción puso fin a la discusión y dejó nuevamente a toda la cristiandad bajo un solo papa. No habría nuevas renuncias hasta Benedicto XVI.
Lo segundo es el significado para la Iglesia de esta renuncia. El servicio que presta el Papa a la Iglesia no le pertenece al individuo que lo ejerce, ya que su autoridad viene del mandato de Cristo y no de sí mismo. Por eso malamente podría "abdicar" o "dimitir", que son términos más propios de los reyes, cuya autoridad se dervida de su propia persona. Sin duda esta renuncia ha conmocionado a la Iglesia, como siempre sucede cuando se produce el periodo de "Santa Sede vacante", sea por defunción o por renuncia. Es indudable que quien sea Obispo de Roma marcará la marcha de la Iglesia Universal y pondrá los acentos en la acción de los católicos en el mundo. De ahí que se abran ahora un sin fin de preguntas sobre el futuro de la Iglesia, no sobre su continuidad, sino sobre el rumbo que ella tomará para enfrentar los desafíos pendientes y los que surgan en el futuro.
El Papa Benedicto deja varios temas en curso, que dependerán ahora de su sucesor. Entre ellos, la realización del año de la fe, la interpretación y aplicación del Concilio Vaticano II, aún en curso, la acogida e integración de los hermanos y comunidades anglicanas que han vuelto a la comunión católica, los acercamientos cada vez mayores con la Iglesia Ortodoxa, la actitud ante los casos de abusos sexuales o conductas impropias de algunos miembros del clero, entre otros muchos. En ellos el actual papa ha dado un aporte decisivo y clarificador, que deberá ser continuado por su sucesor de manera acertiva y fiel. El papado de Benedicto XVI fue para mí una sorpresa, como para muchos. Reconozco que incialmente me chocó, pero que al ver sus acciones me fue convenciendo que era el pastor que la Iglesia necesitaba. de decisiones claras y sin ambiguedades, de actitud humilde y sin sobreexposiciones personales, de una claridad doctrinal y pastoral que se echará de menos, sea quien sea quien lo suceda.
Para muestra un pequeño signo que pasó desapercibido para la mayoría: el escudo vaticano. Este consta, como se sabe, por dos llaves cruzadas y una cuerda atada entre ellas, además de la tiara, que es una especie de gorro con tres coronas que representa el poder papal. las llaves y la cuerda recuerdan las palabras de Jesús: "a tí te daré las llaves del reino de los Cielos" y "todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos". La tiara en cambio es un símbolo de la época de cristiandad, cuando para afirmar su poder sobre todos los reyes, además del poder espiritual y el terrenal sobre los estados pontificios, el papa no usaba una corona, sino tres. Pues bien, todos los papas ponen sobre estos símbolos su escudo propio. Benedicto XVI hizo lo propio, pero además cambió la tiara por una mitra, dejando atrás un símbolo más propio de un monarca que de un pastor. He ahí el resumen del pontificado de Benedicto XVI.
Por último, el hecho mismo de la renuncia. Todos sabemos que no es fácil renunciar, sobre todo cuando se trata de un puesto que otorga poder, menos aún un poder sagrado. En un mundo individualista como el nuestro, la renuncia de un papa provoca extrañeza, conmoción e incluso escándalo. Es una muestra de que el oficio del poder tiene que ver con el servicio y por ello, cuando se considera que no se podrá servir como es debido, es mejor renunciar. El desapego y valentía de Benedicto XVI no me provoca otra cosa que admiración, además de confirmarme la altura moral de quien ejerció de papa y su genuino interés por el bien de la Iglesia. Esto también se refleja en el hecho de haber anunciado su renuncia para el 28 de febrero, lo que da a la Iglesia, a sus obispos y cardenales, tiempo suficiente para prepararse y evitar así las perplejidades que el cambio de papas siempre provoca.
Estoy seguro que el pontificado de Benedicto XVI entrará en la historia por la puerta grande, pero no por haber realizado grandes actos en la historia de la Iglesia, inmensas reformas o hechos novedosos, sino por haberse preocupado de esas pequeñas y grandes reparaciones necesarias en el edificio de la Iglesia, corrigiendo temas pendientes y conduciendo la barca de Pedro con mano segura. Si Juan Pablo II fue un papa para el mundo, Benedicto XVI fue un papa para la casa, diría hogareño, con la acittud de quien no figura ni luce mayormente, pero realiza los trabajos cotidianos que permiten a todos realizar los suyos.
Hay otra renuncia más que Benedicto XVI ha hecho, y es la renuncia a morir como un papa, con un funeral a los ojos del mundo y grandes personajes. Probablemente su muerte será la de un humilde cura en un monasterio, dedicado a la oración y el estudio, y aunque sus funerales sean hechos en el vaticano no provocarán el lamento mundial que provoca el de todos los papas. Un honor tendrá, eso sí, que otros no han tenido, un sencillo gesto que reflejará una vez más su forma de entender a la Iglesia y que, como muchos, pasará desapercibido: será el único papa cuyo funeral será presidido por un papa, en un paso tranquilo y sereno de la historia a la eternidad. Tal es el legado de Joseph Ratzinger, quien hasta el 28 de febrero de 2013, será Benedicto XVI.
Lo primero que hay que señalar es el hecho histórico de este renuncia. La historia comienza en 1294 cuando Pietro del Murrone, un monje eremita, fue elegido papa y tomó el nombre de Celestino V. Tras algunos meses se sintió agobiado por el peso del cargo y decidió emitir un decreto que declaraba que el Papa podía renunciar a su cargo. El paso siguiente fue redactar su propia renuncia y volver a su vida de oración y soledad. Luego la historia corre hasta 1415, cuando para resolver el llamado cisma de occidente, que tenía a esas alturas a tres papas disputándose la legitimidad, Gregorio XII decide convocar un concilio y renunciar durante el mismo, para que fuese el concilio quien eligiera a su sucesor. Esta acción puso fin a la discusión y dejó nuevamente a toda la cristiandad bajo un solo papa. No habría nuevas renuncias hasta Benedicto XVI.
Lo segundo es el significado para la Iglesia de esta renuncia. El servicio que presta el Papa a la Iglesia no le pertenece al individuo que lo ejerce, ya que su autoridad viene del mandato de Cristo y no de sí mismo. Por eso malamente podría "abdicar" o "dimitir", que son términos más propios de los reyes, cuya autoridad se dervida de su propia persona. Sin duda esta renuncia ha conmocionado a la Iglesia, como siempre sucede cuando se produce el periodo de "Santa Sede vacante", sea por defunción o por renuncia. Es indudable que quien sea Obispo de Roma marcará la marcha de la Iglesia Universal y pondrá los acentos en la acción de los católicos en el mundo. De ahí que se abran ahora un sin fin de preguntas sobre el futuro de la Iglesia, no sobre su continuidad, sino sobre el rumbo que ella tomará para enfrentar los desafíos pendientes y los que surgan en el futuro.
El Papa Benedicto deja varios temas en curso, que dependerán ahora de su sucesor. Entre ellos, la realización del año de la fe, la interpretación y aplicación del Concilio Vaticano II, aún en curso, la acogida e integración de los hermanos y comunidades anglicanas que han vuelto a la comunión católica, los acercamientos cada vez mayores con la Iglesia Ortodoxa, la actitud ante los casos de abusos sexuales o conductas impropias de algunos miembros del clero, entre otros muchos. En ellos el actual papa ha dado un aporte decisivo y clarificador, que deberá ser continuado por su sucesor de manera acertiva y fiel. El papado de Benedicto XVI fue para mí una sorpresa, como para muchos. Reconozco que incialmente me chocó, pero que al ver sus acciones me fue convenciendo que era el pastor que la Iglesia necesitaba. de decisiones claras y sin ambiguedades, de actitud humilde y sin sobreexposiciones personales, de una claridad doctrinal y pastoral que se echará de menos, sea quien sea quien lo suceda.
Para muestra un pequeño signo que pasó desapercibido para la mayoría: el escudo vaticano. Este consta, como se sabe, por dos llaves cruzadas y una cuerda atada entre ellas, además de la tiara, que es una especie de gorro con tres coronas que representa el poder papal. las llaves y la cuerda recuerdan las palabras de Jesús: "a tí te daré las llaves del reino de los Cielos" y "todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos". La tiara en cambio es un símbolo de la época de cristiandad, cuando para afirmar su poder sobre todos los reyes, además del poder espiritual y el terrenal sobre los estados pontificios, el papa no usaba una corona, sino tres. Pues bien, todos los papas ponen sobre estos símbolos su escudo propio. Benedicto XVI hizo lo propio, pero además cambió la tiara por una mitra, dejando atrás un símbolo más propio de un monarca que de un pastor. He ahí el resumen del pontificado de Benedicto XVI.
Por último, el hecho mismo de la renuncia. Todos sabemos que no es fácil renunciar, sobre todo cuando se trata de un puesto que otorga poder, menos aún un poder sagrado. En un mundo individualista como el nuestro, la renuncia de un papa provoca extrañeza, conmoción e incluso escándalo. Es una muestra de que el oficio del poder tiene que ver con el servicio y por ello, cuando se considera que no se podrá servir como es debido, es mejor renunciar. El desapego y valentía de Benedicto XVI no me provoca otra cosa que admiración, además de confirmarme la altura moral de quien ejerció de papa y su genuino interés por el bien de la Iglesia. Esto también se refleja en el hecho de haber anunciado su renuncia para el 28 de febrero, lo que da a la Iglesia, a sus obispos y cardenales, tiempo suficiente para prepararse y evitar así las perplejidades que el cambio de papas siempre provoca.
Estoy seguro que el pontificado de Benedicto XVI entrará en la historia por la puerta grande, pero no por haber realizado grandes actos en la historia de la Iglesia, inmensas reformas o hechos novedosos, sino por haberse preocupado de esas pequeñas y grandes reparaciones necesarias en el edificio de la Iglesia, corrigiendo temas pendientes y conduciendo la barca de Pedro con mano segura. Si Juan Pablo II fue un papa para el mundo, Benedicto XVI fue un papa para la casa, diría hogareño, con la acittud de quien no figura ni luce mayormente, pero realiza los trabajos cotidianos que permiten a todos realizar los suyos.
Hay otra renuncia más que Benedicto XVI ha hecho, y es la renuncia a morir como un papa, con un funeral a los ojos del mundo y grandes personajes. Probablemente su muerte será la de un humilde cura en un monasterio, dedicado a la oración y el estudio, y aunque sus funerales sean hechos en el vaticano no provocarán el lamento mundial que provoca el de todos los papas. Un honor tendrá, eso sí, que otros no han tenido, un sencillo gesto que reflejará una vez más su forma de entender a la Iglesia y que, como muchos, pasará desapercibido: será el único papa cuyo funeral será presidido por un papa, en un paso tranquilo y sereno de la historia a la eternidad. Tal es el legado de Joseph Ratzinger, quien hasta el 28 de febrero de 2013, será Benedicto XVI.
martes, 22 de enero de 2013
La reforma al binominal nuevamente rechazada
Hoy, por faltar dos votos para los 2/3 necesarios para reponer la propuesta de reforma al sistema binominal, nuevamente resultó bloqueado el intento por generar en Chile un sistema verdaderamente democrático. Muchos de quienes, en más de alguna declaración pública, dijeron querer cambiar el sistema, votaron en contra, mostrando una vez más un triste espectáculo que siembra nuevamente la desconfianza hacia los políticos profesionales y sus promesas.
El sistema binominal, en breves palabras, provoca que se produzca un empate en la mayoría de las circunscripciones electorales, consguiéndose como resultado que los dos bloques en el poder obtengan respectivamente cerca de la mitad del congreso, y dejando a los posibles candidatos independientes fuera de cualquier posiblidad de elección.
Los efectos de este sistema son varios. Primero, reduce la participación en el poder político a aquellos ciudadanos que participan en los partidos políticos. Segundo, los partidos políticos se ven obligados a hacer alianzas para poder sobrevivir dentro de la institucionalidad. Tercero, provoca inmovilidad en el sistema político, poca flexibilidad para adaptarse a situaciones nuevas, y una representatividad por lo menos cuestionable.
Desde 1990 se han presentado 20 proyectos de reforma al sistema electoral, los cuales han sido constantemente rechazados, ya sea por la derecha, ya sea por algunos de la concertación que se han ausentado, abstenido, o derechamente votado en contra. El resultado es siempre el mismo: Un sistema que se vuelve inmodificable y deslegitimado, pues los que aprueban las leyes son estos mismos que se reparten el poder legislativo a partes iguales.
Que el binominal sea "la madre de todas las batallas" en parte es cierto. Si no se cambia la manera de elegir a los legisladores es imposible lograr reformas verdaderas al sistema político, que expresen verdaderamente el sentir de la gente y hagan de Chile algo más cercano al ideal democrático. Es la madre, porque no es la única batalla a dar. Es necesario también reformar la ley de partidos políticos, impulsar la iniciativa popular de ley, ampliar las materias que pueden ser objeto de plebiscito y, por último, implementar la posibilidad de remover representantes cuando se considere que no han cumplido con sus obligación o el pueblo les ha retirado lo confianza.
El problema es grave, aunque la reacción del senado era esperable. Luego del fiasco de la abstención provocada por el voto voluntario, los senadores no se arriesgarán a introducir otra variable que dificulte aún más predecir los resultados de la próxima elección. Termina quedando la sensación que en verdad no se pretende modificar nada, sino instalar la discusión cada cierto tiempo para terminar rechazando siempre la idea de legislar sobre el tema.
Cuando se comienza a comprender que no es posible lograr los cambios mediante los mecanismos establecidos y los encargados de administrarlo, ni tampoco mediante la presión ciudadana en las calles de manera pacífica, comienza a comprenderse que no es un tema de posibilidades, sino de voluntad. No se hace porque no se quiere, y la presión no es efectiva mientras no ponga en jaque al sistema productivo o el funcionamiento del sistema. El rechazo constante a las demandas del pueblo termina provocando desencanto político, lo que hace que se reduzca aún más los actores que tienen posibilidad de influir, hasta llegar a una oligarquía que se reparte los cargos y establece las reglas. Las primarias van en ese sentido también, ya que son una forma de prever el resultado de la elección, una especie de encuesta financiada por el estado.
En este panorama, ¿Qué camino queda? No basta la sola organización popular en torno a demandas, sino una real organización popular, con conciencia política y con capacidad de ejercer el poder que le corresponde, generando mecanismos propios que permitan avanzar en la ocnstrucción de una sociedad participativa y solidaria, donde el pueblo no pida favores, sino sea realmente el soberano del estado, con real control sobre las decisiones de sus representantes y con capacidad para generar los cambios que se requieren para un mayor bienestar de la gran mayoría del pueblo chileno, de aquellos que financian el estado, generan la riqueza y constituyen, o debieran constituir, la verdadera preocupación de los políticos y sus instituciones.
El sistema binominal, en breves palabras, provoca que se produzca un empate en la mayoría de las circunscripciones electorales, consguiéndose como resultado que los dos bloques en el poder obtengan respectivamente cerca de la mitad del congreso, y dejando a los posibles candidatos independientes fuera de cualquier posiblidad de elección.
Los efectos de este sistema son varios. Primero, reduce la participación en el poder político a aquellos ciudadanos que participan en los partidos políticos. Segundo, los partidos políticos se ven obligados a hacer alianzas para poder sobrevivir dentro de la institucionalidad. Tercero, provoca inmovilidad en el sistema político, poca flexibilidad para adaptarse a situaciones nuevas, y una representatividad por lo menos cuestionable.
Desde 1990 se han presentado 20 proyectos de reforma al sistema electoral, los cuales han sido constantemente rechazados, ya sea por la derecha, ya sea por algunos de la concertación que se han ausentado, abstenido, o derechamente votado en contra. El resultado es siempre el mismo: Un sistema que se vuelve inmodificable y deslegitimado, pues los que aprueban las leyes son estos mismos que se reparten el poder legislativo a partes iguales.
Que el binominal sea "la madre de todas las batallas" en parte es cierto. Si no se cambia la manera de elegir a los legisladores es imposible lograr reformas verdaderas al sistema político, que expresen verdaderamente el sentir de la gente y hagan de Chile algo más cercano al ideal democrático. Es la madre, porque no es la única batalla a dar. Es necesario también reformar la ley de partidos políticos, impulsar la iniciativa popular de ley, ampliar las materias que pueden ser objeto de plebiscito y, por último, implementar la posibilidad de remover representantes cuando se considere que no han cumplido con sus obligación o el pueblo les ha retirado lo confianza.
El problema es grave, aunque la reacción del senado era esperable. Luego del fiasco de la abstención provocada por el voto voluntario, los senadores no se arriesgarán a introducir otra variable que dificulte aún más predecir los resultados de la próxima elección. Termina quedando la sensación que en verdad no se pretende modificar nada, sino instalar la discusión cada cierto tiempo para terminar rechazando siempre la idea de legislar sobre el tema.
Cuando se comienza a comprender que no es posible lograr los cambios mediante los mecanismos establecidos y los encargados de administrarlo, ni tampoco mediante la presión ciudadana en las calles de manera pacífica, comienza a comprenderse que no es un tema de posibilidades, sino de voluntad. No se hace porque no se quiere, y la presión no es efectiva mientras no ponga en jaque al sistema productivo o el funcionamiento del sistema. El rechazo constante a las demandas del pueblo termina provocando desencanto político, lo que hace que se reduzca aún más los actores que tienen posibilidad de influir, hasta llegar a una oligarquía que se reparte los cargos y establece las reglas. Las primarias van en ese sentido también, ya que son una forma de prever el resultado de la elección, una especie de encuesta financiada por el estado.
En este panorama, ¿Qué camino queda? No basta la sola organización popular en torno a demandas, sino una real organización popular, con conciencia política y con capacidad de ejercer el poder que le corresponde, generando mecanismos propios que permitan avanzar en la ocnstrucción de una sociedad participativa y solidaria, donde el pueblo no pida favores, sino sea realmente el soberano del estado, con real control sobre las decisiones de sus representantes y con capacidad para generar los cambios que se requieren para un mayor bienestar de la gran mayoría del pueblo chileno, de aquellos que financian el estado, generan la riqueza y constituyen, o debieran constituir, la verdadera preocupación de los políticos y sus instituciones.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Municipales y voto voluntario
Ya ha pasado en parte la fiebre de las elecciones municipales en Chile y ya se están sacando las primeras conclusiones del proceso. Los elementos más relevantes han sido la inauguración de la inscripción automática y el voto voluntario, por una parte, y la derrota de los candidatosl de derecha por otra.
Las elecciones tuvieron también un elemento novedoso: la abstención de alrrededor de un 60% de los habilitados para votar. Esto ha provocado que muchos cuestionen la oportunidad del voto voluntario y propongan, sin muchas posibilidades de éxito, el voto obligatorio. Para ser sinceros, hace años que el voto es voluntario en Chile. Si bien había que justificarse por no votar, en la realidad nadie era llamado para justificar su falta, por los altos costos que involucraba. Pero esta vez el mensaje comunicacional era otro y provocó que la gran mayoría prefiriera quedarse en casa y no concurrir a las urnas.
Esto refleja evidentemente un desinterés por la política electoral que va en aumento y para comprender el fenómeno hay que remontarse a la primera elección de este nuevo periodo: el plebiscito del 88. Esa vez, la votación fue alta y el interés por decidir el sistema que regiría en Chile fue mayoritario. Al contrario de lo que parece, el plebiscito no fue entre democracia o dictadura, sino entre quiénes darían nacimiento a la nueva democracia. Tanto el gobierno militar como los partidos de la concertación hablaban de democracia, por lo que la discusión era sobre quién conduciría el proceso.
La elección de Aylwin fue como el segundo capítulo de la misma historia, ya que el discurso de la Concertación era que había que asegurar la democracia y votar por alguien que no estuviera comprometido con la dictadura, el discurso de "no hay que dejar que gane la derecha" se inauguró entonces y serviría para asegurar el triunfo por lo menos tres veces más. La elección de Frei fue carrera corrida antes de empezar y la de Lagos ya mostró los primeros signos del agotamiento de la estrategia. Con Lagos, por primera vez se produjo una segunda vuelta, como una especie de aviso de la población, como una advertencia a la Concertación indicándole que ya no se estaba dispuesto a dar un voto si es que no realizaban de verdad el proyecto que le presentaron al país el 88: La instalación de una verdadera democracia, con participación real y no sólo una consulta cada 4 años.
En la elección de Bachelet la concertación se enfrentó por primera vez a la posibilidad real de perder la elección, logrando sortear la situación con el apoyo del Partido Comunista y con la ya consabida consigna de "hay que detener a la derecha". El gobierno de Bachelet tuvo muchos fracasos, debido a los conflictos internos de la concertación ylos errores de gestión que son conocidos extensamente. bachelet terminó con un alto apoyo, pero no logró traspasarlo al candidato de la Concertación, que perdió frente a Piñera por primera vez.
La elección de Piñera fue el primer signo evidente de hastío por parte de la población. La gente dejó de creer en el discurso del "mal menor" y decidió darle una oportunidad a la derecha, más como voto anti-concertación que como apoyo real a las políticas de la UDi y RN. Al poco andar, la desilusión cundió, principalmente por el fuerte personalismo del presidente y por los sucesivos errores comunicacionales del gobierno, a pesar que la gestión ha sido buena, considerando obviamente que esa gestión se ha mantenido dentro de las lógicas de la derecha,
En este proceso de acumulación del desencanto, era obvio que cuando se le señalara a la población que no era obligatorio votar, la mayoría decidiera no hacer el "trámite", sobre todo frente a la falta de opciones que significaran un cambio real. Fue casi un gesto de rebeldía frente a la mal llamada "clase política", que provocó la perdida de muchas municipalidades en poder de la derecha. Para ser sincero, no creo que en este panorama el voto voluntario pretendiera aumentar la participación, sino todo lo contrario, es decir, reducir la participación a la población perteneciente o controlada por los partidos, haciendo que la gran mayoría se automargine de participar.
De ahí que los llamados a volver al voto obligatorio sólo sean cantos de sirena. nada más funcional para mantener el poder de los dos grupos dominantes que la baja participación de la gente, además de un padrón electoral menos controlable, más manejable. Ahora la estrategia fue el acarreo de gente para votar y los partidos que pudieron comprometer voluntades por lo medios que fuera tuvieron la victoria.
Los grandes perdedores fueron los independientes, que tienen el respeto de la gente, pero que no lograron traspasar ese respeto a un apoyo electoral. Otro perdedor fue el movimiento estudiantil, que se restó del proceso sin conseguir hacer que su gran apoyo social direccionara la elección a favor de sus intereses.
Con este panorama, el paso siguiente debería ser el cambio del sistema binominal y de la ley de partidos políticos, para así dar peso real al voto y evitar que los partidos deban hacer pactos sólo para sobrevivir como tales. Más allá de esto, se impone un proceso real de participación de los ciudadanos, tales como la iniciativa popular de propuestas de ley, la ampliación de las materias que pueden someterse a plebiscito, la instalación de plebiscitos comunales vinculantes y la posibilidad de remover autoridades cuando la mayoría de la población estime que no han cumplido correctamente sus funciones. Sin estos cambios, la consulta cada cuatro años sobre quién debe ejercer el poder será sólo un rito que pretende mantener una democracia formal, que en el fondo disfraza la verdadera naturaleza de nuestro sistema político, donde una minoría decide entre quiénes debemos decidir, y sin posibilidad alguna de ser removidos si no realizan el mandato que el pueblo, que en una democracia verdadera es el soberano, le ha encomendado.
Presentación
Abrí este blog para realizar comentarios sobre actualidad que no siempre tengo la oportunidad de hacer. Muchas cosas pasan que piden un reflexión más calmada y la idea es hacerlo a través de este medio. La política, tan desprestigiada hoy en día, requiere de reflexión por parte de los que conformamos la gran mayoría del pueblo, pues muchas veces lo que vemos y detestamos de quienes tienen el poder se produce por nuestra apatía o falta de interés. La propuesta es realizar un comentario semanal a lo menos, espero poder cumplirla. También agregaré comentarios realizados en mi blog personal, pero que son más apropiados en un espacio como este.Gracias por visitar y espero sus comentarios
José Johnson Mardones
josejohnsonmar@gmail.com
www.josejohnsonm.blogspot.com
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